La huella del PSUC, el partido del antifranquismo y la democracia

Joan Busquet

Hablar del franquismo y de la transición en Cataluña es hablar del PSUC. El partido nació en julio de 1936, pocos días después del golpe de Estado de los militares sublevados, que aceleró el proceso de convergencia formal de la Unió Socialista de Catalunya, el Partit Comunista Català, el Partit Català Proletari y la Federación Catalana del PSOE. La nueva fuerza política sellaba la unidad de acción de buena parte de la izquierda socialista, comunista y catalanista en defensa de la República. Este espíritu de unidad republicana, inscrito en su ADN, facilitaría que el PSUC sobreviviera, en los primeros años del franquismo, a la durísima represión del régimen, que condenó a las demás organizaciones políticas y sociales democráticas al silencio o a la desaparición en el interior del país. Ni los asesinatos indiscriminados y los fusilamientos de cientos de militantes sometidos a consejos de guerra sumarísimos, ni el exilio y la reclusión en campos de concentración de miles de afiliados en los años 40, ni posteriormente las condenas a muerte y ejecuciones de decenas de dirigentes hasta bien entrada la década de los 50, impidieron que el partido resistiera primero el proceso de violencia física, económica, política y cultural de la dictadura y consiguiera más tarde convertirse en la fuerza de referencia en la lucha por la democracia: el partido del antifranquismo.

Fiel al espíritu unitario que había determinado su nacimiento, ya en 1956 el PSUC renunció a la resistencia y a las acciones civiles armadas y abrazó, como el PCE, la política de reconciliación que ponía el acento en la necesidad de la lucha pacífica y de masas y en las alianzas con todas las fuerzas partidarias de la libertad. Pocos años después, la organización, que había asumido incondicionalmente las orientaciones de los dirigentes soviéticos —primero con entusiasmo y luego, sucesivamente, con discreción y en silencio—, empezó a distanciarse de ellas. Y en 1968, cuando la URSS invadió Checoslovaquia, la matriz comunista, que hasta entonces había sido un activo, se convirtió en un lastre y el partido empezó a asumir la necesidad de romper política y emocionalmente con el cordón umbilical simbólico que lo unía al comunismo doctrinario. Fue el preludio de su adscripción sin reservas, diez años después, al proyecto eurocomunista, que propugnaba la conquista de una sociedad justa e igualitaria por vías exclusivamente democráticas, con espacios de entendimiento que garantizaran no sólo el apoyo, sino también la participación activa de las mayorías sociales.

Con el mismo espíritu, el PSUC impulsó los incipientes movimientos obrero y estudiantil, así como las acciones colectivas en defensa de unas condiciones de vida dignas en barrios, pueblos y ciudades, y se convirtió en la fuerza central de las clases populares. Paralelamente, fue determinante en la creación de organismos unitarios de la oposición al franquismo, como la Coordinadora de Fuerzas Políticas (1969) y, sobre todo, la Asamblea de Cataluña (1971), el organismo que agrupó partidos y movimientos sociales bajo el lema Libertad, amnistía, Estatuto de autonomía, que reunía la exigencia de democracia y la aplicación del principio de autodeterminación y que se convirtió en un clamor que llevó a cientos de miles de personas a las calles.

Los valores de la democracia, del republicanismo y de la libertad de los pueblos hicieron del PSUC la fuerza más firme en la apuesta por un Estado federal plurinacional, muy lejos del universo quimérico de los partidarios de un proyecto nacional excluyente que consideraban —y consideran aún hoy— que lo que determina los marcos nacionales, los espacios de pertenencia, son los territorios míticos e inmutables, no la gente que los habita, como si el futuro fuera el pasado y el origen fuera el fin. De hecho, una de las grandes aportaciones del partido, ya bien entrada la democracia y en coherencia con su trayectoria desde su fundación, fue la formulación y la práctica cotidiana del catalanismo popular. Hoy ya es casi un axioma que Cataluña es un solo pueblo, sean cuales sean los orígenes y las lenguas empleadas por las personas que viven en ella.

El PSUC tenía los pies en la tierra. Entre la charlatanería quejumbrosa y los silencios ruidosos de otras fuerzas políticas, se centraba en las necesidades de las personas, en la vida y en los cuidados necesarios para sostenerla: los servicios públicos, la sanidad, la educación, la vivienda y el acceso universal al conocimiento y la cultura, y un sistema fiscal y de pensiones justo. Es decir, protección social, trabajo, formación y futuro. Y también, aunque de manera más modesta, en dos cuestiones que en el futuro acabarían siendo centrales para la izquierda transformadora. Por un lado, la exigencia de una política económica respetuosa con el medio ambiente que no se limitara a pintar de verde el edificio gris del capitalismo; y por otro, la denuncia de las discriminaciones que sufrían las mujeres y las formas patriarcales de poder.

Los dirigentes del PSUC eran conscientes de que los partidos políticos no pueden tener respuestas para todo, que no pueden comportarse como depositarios de supuestas verdades inmutables, que deben renunciar a la pureza autocomplaciente y a la virginidad estéril de quienes nunca se ensucian las manos en nombre de los ideales. Sabían que las respuestas a muchas de las grandes cuestiones están en manos de la sociedad, no de las formaciones políticas; que la principal función de los partidos es sostener unas ideas y fomentar y canalizar las aspiraciones de los diferentes sectores por las vías institucionales, y que para evitar la dispersión y la descomposición sociales hacen falta organizaciones y movimientos sólidos que ofrezcan seguridad y protección a los distintos colectivos. Procuraban no perder nunca de vista la correlación de fuerzas y actuaban pensando que los cambios reales exigen paciencia, optimismo y confianza, y que liderar significa incluir, competir cooperando, y que es preferible colaborar con aliados difíciles que combatir enemigos fáciles.

El PSUC, que ya había impulsado en 1940 programas en catalán en Radio España Independiente y no ignoraba la trascendencia de la comunicación, no dejó nunca de difundir, desde 1943, su órgano central, la revista Treball, y otras publicaciones como Lluita, Nous Horitzons y Universitat. Y al final de la dictadura contaba con 40.000 militantes activos: hombres y mujeres arraigados en las empresas, dirigentes sindicales, estudiantiles y vecinales, campesinos, intelectuales y creadores culturales que hacían efectiva la alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura que el partido propugnaba. Los militantes habían aprendido que era necesario superar la identidad propia para crear espacios sociales más amplios, tanto para defenderse de la opresión como para ir conquistando espacios de libertad y nuevas parcelas de influencia política, cultural y social. Y hacían lo necesario para conocer las necesidades de los diferentes colectivos, para que las propuestas que formulaban llegaran al corazón y los vincularan emocionalmente, conscientes de que los vínculos emocionales son imprescindibles para asegurar los vínculos políticos.

Y, sin embargo —digámoslo claro—, cuando las cosas ya iban mal dadas, los dirigentes y los militantes también descubrieron con incredulidad la fragilidad con que se quiebran las estructuras más sólidas si las burbujas sectarias y autocomplacientes y las pulsiones cainitas acaban atravesando los debates internos.

El presente cambia a menudo los colores de un pasado que querríamos hecho a medida. Por eso, cuando hablamos del PSUC corremos el riesgo de mirarlo con los ojos de hoy y, lo que es peor, con la arrogancia moral y el silencio obstinado de quienes han decidido ignorar sus huellas.