Èlia Gran
Emilio Santiago Muiño: “La transición ecológica no es un sacrificio, es una oportunidad de prosperidad”
La crisis climática ya no es una amenaza futura sinó una realidad. Pero frente al discurso del colapso, el antropólogo y referente del ecosocialismo Emilio Santiago Muiño propone otra mirada; estamos en una situación crítica, sí, pero también en un momento de oportunidad histórica. En esta conversación, aborda los límites del ecologismo actual, la desorientación de la izquierda y la necesidad de construir un nuevo horizonte político basado en la “prosperidad ecológica”.

En tu libro ¿Qué hacer en caso de incendio? planteabas un escenario de urgencia. ¿Estamos ya en ese incendio?
Sí, estamos en el incendio desde hace tiempo. Si uno mira los informes científicos, la conclusión es clara, llegamos tarde. Muchas de las medidas que hoy empiezan a desplegarse deberíamos haberlas tomado en los años noventa. El margen para evitar ciertos impactos ya es muy limitado.
Ahora bien, esto no significa que todo esté perdido, es fundamental decirlo. La situación es extremadamente grave, pero sigue siendo una disputa política abierta, podemos evitar lo peor e incluso construir un horizonte de prosperidad ecológica.
Desde la izquierda a veces se percibe la ecología desde un cierto fatalismo. ¿Es un error?
Es comprensible, pero sí es un error. El colapsismo falla en tres niveles: científico, teórico y político. Ante un incendio no puedes ni entrar en pánico ni actuar con indolencia; necesitas un punto intermedio que te permita actuar con eficacia.
Además, hay una novedad histórica importante, hoy tenemos mejores condiciones tecnológicas que hace una década para abordar la transición ecológica. Las renovables, por ejemplo, son ya competitivas. Eso cambia el terreno de juego.
El desarrollo de las renovables es, en gran medida, fruto de décadas de lucha ecologista. Y sin embargo, cuando llegan, una parte de la izquierda las rechaza porque no son automáticamente anticapitalistas, es un error estratégico.
Se están comprando marcos muy problemáticos, una crítica indiscriminada a las renovables, una visión antimodernizadora del ecologismo, o una lectura del decrecimiento que no es políticamente operativa. Eso nos sitúa, paradójicamente, en posiciones más retrasadas.
Sin embargo, parte del ecologismo sigue siendo muy crítico con la tecnología.
Sí, y ahí hay un problema. Hay una especie de relación fetichista con la tecnología, tanto por exceso como por defecto. Los tecnosolucionistas creen que la tecnología lo resolverá todo, una parte del ecologismo la ve casi como un pecado.
Pero la tecnología no es neutra ni autónoma sinó que forma parte de las relaciones sociales. No va a resolver por sí sola un problema que es fundamentalmente político, pero tampoco podemos ignorar que condiciona las posibilidades históricas.
¿Tiene que ver esto con el debate sobre decrecimiento?
Totalmente. Creo que es un debate mal planteado. El crecimiento no es una decisión política directa, sino una lógica estructural del capitalismo que no puedes “apagar” en diez años.
Además, necesitamos algo más complejo, decrecer en sectores contaminantes y crecer en otros fundamentales, como las energías renovables, las infraestructuras públicas o la agricultura sostenible. Es lo que podríamos llamar un “crecimiento selectivo”.
Por eso creo que deberíamos movernos hacia el marco del poscrecimiento, menos debate abstracto y más políticas concretas que reduzcan impactos y mantengan o mejoren el bienestar.
También hablas de una cierta desorientación política en la izquierda frente a la crisis climática.
Tenemos que asumir algo, la crisis climática reorganiza las prioridades. No es una lucha más, es una condición de posibilidad de todas las demás.
Y además hay que ser claros, si la transición no es rápida, tampoco será justa. Y si no es justa, tampoco será rápida. Ambas dimensiones tienen que ir juntas.
¿Qué papel está jugando la derecha en todo esto?
Por un lado, la extrema derecha ha declarado una guerra cultural al ecologismo. Pero al mismo tiempo, hay sectores de la derecha que están viendo la oportunidad de negocio en el capitalismo verde.
Lo curioso es que, en un país como España sin recursos fósiles, lo lógico sería que hubiese una derecha más pro-renovables en términos de soberanía. Y eso probablemente irá pasando.
Pero también hay un choque de valores profundo, el ecologismo amplía la idea de igualdad más allá de lo humano, y eso es incompatible con visiones jerárquicas y autoritarias.
¿Qué conexión ves entre ecología y vivienda, dos de los grandes debates actuales?
Es una conexión clave. Primero, porque la vivienda es el principal problema social en España. Segundo, porque el parque de viviendas es un gran emisor de CO₂ y genera pobreza energética.
Ahí hay una oportunidad enorme, políticas de rehabilitación energética que reduzcan emisiones y mejoren la vida de la gente.
Y hay una tercera dimensión que es la transición ecológica puede ofrecer alternativas al modelo económico basado en el ladrillo, que ha generado un país de rentistas en lugar de un tejido productivo más sano.
Propones sustituir la idea de “transición” por la de “prosperidad ecológica”. ¿Por qué?
Porque “transición” suena a algo provisional y sacrificial, y eso es un problema político.
Tenemos que romper con la idea de que la sostenibilidad implica renuncia. No es así. La transición ecológica puede significar energía más barata, alimentos más sanos, más bienestar material y más igualdad.
Por eso hablamos de prosperidad ecológica no como un sacrificio moral, sino como un horizonte deseable.
¿Es posible una transición ecológica sin justicia social?
Posible sí, deseable no. De hecho, hay escenarios que plantean una descarbonización con niveles brutales de desigualdad.
Pero sería peor moralmente y también menos eficaz. Una transición injusta genera conflicto social y se ralentiza.
Por eso hay que decirlo claramente: si quieres que sea rápida, tiene que ser justa. Y si quieres que sea justa, tiene que ser rápida.
Para terminar: ¿qué está en juego realmente en esta década?
Estamos ante un proceso con efectos potencialmente irreversibles. A diferencia de otras luchas políticas, aquí no hay marcha atrás en escalas humanas.
Eso impone una responsabilidad histórica enorme. Y aunque puede ser abrumador, también abre una posibilidad: reorganizar nuestras sociedades sobre bases más justas, sostenibles y democráticas.
La cuestión es si estaremos a la altura.
