Ashish Kothari
Una transición arcoíris para salir de las crisis

Cualquier observador astuto de la geopolítica ecológica podría haber predicho el fracaso de la cumbre del clima celebrada en Glasgow en noviembre de 2021. La absoluta falta de seriedad por parte del Norte global (los países ricos industriales, pero también los ricos de los países en vías de industrialización y de países no industrializados) se hizo evidente por el hecho de que los gobiernos del mundo necesitaron hasta veintiséis conferencias globales para aclarar lo que, sin duda, es la crisis más seria a la que jamás se ha enfrentado la humanidad.
Sí, la COP26 fue decepcionante, pero no sorprendió a nadie. Lo que sí que nos hizo abrir los ojos, salvo a los más ingenuos, fue la inteligencia que ha adquirido el «sistema» (aquellos que son más responsables de la crisis climática y ecológica) en sus intentos de greenwashing. Antes de Glasgow y durante la conferencia, muchos países (y algunas corporaciones) declararon objetivos de neutralidad de carbono, según los cuales se capturará todo el carbono (u otros gases de efecto invernadero, aunque en general se centran en el carbono) que se emita, sin dejar nada en la atmósfera. Suena maravilloso, si no fuera porque excluye a los peores contaminantes del mundo y tan solo arranca algunos compromisos vagos de pago por la captura de carbono, se basa en muchas tecnologías que todavía están por probar, depende de objetivos formidables de reforestación y revegetación, sin que sepamos de dónde sacaremos la tierra para llevarlos a cabo (y que pueden acabar derivando en un expolio importante a pueblos indígenas y otras comunidades), y no resuelve los otros múltiples problemas (más allá del carbono) que provocan las fuentes de contaminación, como las centrales eléctricas o los vehículos. Si nos guiamos por el pasado, es posible que la mayoría de países pospongan la toma de medidas contundentes para más adelante en sus planificaciones temporales (en general, entre 2050 y 2070), cuando será demasiado tarde para evitar un aumento catastrófico de las temperaturas. Este y otros problemas con objetivos como la neutralidad de carbono (o en el caso de la biodiversidad, sin pérdida neta) demuestran que los principales responsables de la emergencia climática no están dispuestos a tomar las medidas drásticas que serían necesarias, sino que están deseosos de mostrar al público su fachada más verde.
Las propuestas como los Green New Deals (GND) introducidos en bastantes países, aunque no van en el mismo barco que las anteriores, ya que proceden de gente más bienintencionada, padecen algunos de los mismos defectos básicos. Por ejemplo, el manifiesto GND publicado por el que fuera aspirante a la presidencia de los Estados Unidos, Bernie Sanders, muy focalizado en las cuestiones de justicia ecológica y social, es uno de los manifiestos para la transformación del sistema escrito por un político convencional que más difusión ha tenido en los últimos tiempos. Encontramos un posicionamiento parecido en el Partido Laborista del Reino Unido y en los GND europeos. En ellos se aprecia la buena intención de sustituir los combustibles fósiles por energías renovables de una forma que sea justa para las capas más marginadas de los países industrializados y que prevé la creación de empleos alternativos para aquellos que actualmente trabajan en sectores relacionados con la contaminación. El documento de Sanders también hace hincapié en la paz mundial y admite que, durante décadas, Estados Unidos ha sido el mayor agresor militar del mundo.
Sin embargo, los GND se centran en gran medida en la tecnología y pretenden hacernos creer que si todo el mundo cambia el vehículo de gasolina o diésel por uno eléctrico, si se aumentan los impuestos a los ricos para generar más recursos para la transición y ayudar a los pobres y se implantan otras medidas por el estilo, todo saldrá bien. El problema es que se ignora la inequidad entre el Norte y el Sur global, lo cual puede dar pie a una nueva forma de ecocolonialismo o colonialismo verde. Es cierto que con millones de coches eléctricos en sustitución de los de gasolina y diésel tal vez se redujeran las emisiones de gases de efecto invernadero, pero se requeriría de una enorme explotación minera en algún sitio del planeta para extraer los metales, los materiales necesarios para las baterías, etcétera. Este «sitio» probablemente se encuentre en regiones del Sur global, donde los pueblos originarios u otras comunidades serán desplazados y despojados. Chile alberga las mayores reservas de litio, un ingrediente fundamental para las baterías, ordenadores, etc. Las protestas de los pueblos originarios y los grupos ecologistas han puesto sobre la mesa una y otra vez que la minería es una actividad social y ecológicamente destructiva.
No obstante, en el Norte global la población también se resentirá. Las manifestaciones multitudinarias y prolongadas en Belgrado y otras ciudades de Serbia contra la propuesta de extracción de litio por parte de la corporación multinacional Rio Tinto obligaron al gobierno a cancelar dichos planes en enero de 2022 (aunque los anuló a regañadientes y, típico de los gobiernos que se venden con la ideología del crecimiento económico, acusando a los «ecologistas» de estar financiados por potencias «extranjeras»).
A pesar de que algunos GND (como el de Sanders) se comprometen a obligar a las grandes corporaciones a cumplir los objetivos climáticos nacionales y a respetar las condiciones laborales, no explicitan que se les vayan a exigir responsabilidades por su actuación en el resto del mundo. Esto nos lleva a otra cuestión fundamental: mientras que en algunos aspectos el GND promete un liderazgo de Estados Unidos para resolver los problemas mundiales (con un poco de condescendencia, cabe admitir, pero menos es nada), en otros ámbitos mantiene elementos de un americanocentrismo que raya el imperialismo «verde». Si no se produce una reducción drástica del nivel de consumo de ese país, Estados Unidos continuará extrayendo mano de obra y materiales baratos por todo el mundo, mientras presenta su modelo de crecimiento como un modelo ecológico. Incluso en cuanto a la desigualdad, el GND emplea un lenguaje contundente cuando se trata de acabar con ella dentro de las fronteras nacionales, pero es bien escueto cuando se trata de describir cómo se va a abordar el papel de los Estados Unidos en la perpetuación de las desigualdades. En este y otros puntos, no pone abiertamente en cuestión al capitalismo, ni en sí mismo ni en conjunción con sus colegas: el patriarcado y el estatismo.
Si no se cuestionan los modelos de consumo de los ricos y los procesos productivos que los alimentan, ningún GND será justo ni sostenible dentro de un abanico de criterios ecológicos. Los GND incurren en uno de los errores fundamentales de los planteamientos, como la neutralidad de carbono, que demuestra una visión estrecha de la crisis planetaria en la que nos hallamos, muy centrada en el carbono (o los GEI) pero que pasa por alto la pérdida de la biodiversidad, el agotamiento y contaminación del agua y otra serie de problemas igual de graves.
Los GND, y para el caso que nos ocupa los objetivos de desarrollo sostenible, tampoco cuestionan la insostenibilidad inherente del crecimiento económico per se (y mucho menos del capitalismo), a pesar de la evidencia creciente de que el desarrollo sostenible no existe. Tampoco ponen en duda la centralización del poder en manos del Estado-nación: aunque hay tópicos sobre la participación popular y los mayores espacios democráticos, siempre se hallan dentro del marco limitado de los sistemas de gobernanza representativos y electorales. Dichos márgenes no permiten el pleno florecimiento de las capacidades ni el autogobierno de las comunidades y pueblos de todo el mundo. Volveré sobre ello más adelante.
¿Hay alternativas?
Si los caminos para salir de las múltiples crisis mundiales han de ser realmente justos y sostenibles, lo que incluye la lucha contra las desigualdades entre el Norte y el Sur global, tienen que superar los marcos de los objetivos de desarrollo sostenible y del Green New Deal. Es necesario que cuestionen la hegemonía del «desarrollo neoliberal» (a veces disfrazada bajo formas «socialistas»), las tendencias universalizadoras de las formas de vida contemporáneas y occidentales, así como las relaciones de poder que parten de la acumulación capitalista, el control estatal centralizado, el patriarcado, el sistema de castas, el militarismo y el antropocentrismo. En efecto, puesto que el proyecto moderno de «desarrollo» está demasiado enredado con dichos elementos y con la historia del colonialismo y el imperialismo, tenemos que buscar un pluriverso de visiones del mundo y caminos alternativos al desarrollo.
Afortunadamente, existen muchas alternativas y, de hecho, la diversidad es su mayor fuerza. A grandes rasgos hay dos tipos de alternativas, visibles bajo las ruinas del desarrollo destructivo: la resistencia y la (re)construcción (o, en palabras de los movimientos populares de la India, sangharsh y nirman).
Las manifestaciones contra la extracción de litio en Chile y Serbia antes mencionadas son ejemplos de sangharsh, así como cientos de otras luchas que se dan en cualquier momento alrededor del mundo: las protestas de los agricultores contra la liberalización de la agricultura en la India que tuvieron lugar recientemente son una de las más inspiradoras por su extraordinaria resistencia y su adhesión a valores como la no-violencia. También los movimientos juveniles por la justicia climática, los movimientos pacifistas contra el gobierno militar en Birmania-Myanmar, los movimientos antirracistas como Black Lives Matter en la isla de la Tortuga (Norteamérica), o los movimientos indígenas por el territorio contra las explotaciones de petróleo y la deforestación en la Amazonia, entre otros. Cada uno de ellos representa una alternativa porque contribuye a frenar el monstruo del desarrollo destructivo (por ejemplo, deteniendo o retrasando la emisión de miles de millones de toneladas de GEI cada año), y de forma implícita o explícita articulan cosmovisiones alternativas de cómo relacionarnos con el resto de la naturaleza y entre nosotros como humanos.
En cuanto a nirman, o (re)construcción, también hay numerosos ejemplos (el libro Pluriverso. Un diccionario del posdesarrollo recoge más de noventa). Muchos de ellos ni siquiera deberían llamarse «alternativas», puesto que existen desde hace cientos o miles de años, como las diversas formas de prácticas agroecológicas (agricultura, pastoreo, pesca, silvicultura) de los pequeños campesinos y los innumerables oficios artesanales, cada uno de los cuales contiene una base sofisticada de conocimientos. Sin embargo, están resurgiendo como alternativas a los sistemas dominantes actuales como parte de los movimientos populares por la soberanía alimentaria, la conservación liderada por la comunidad y la seguridad de los medios de subsistencia. También podemos destacar la sanidad comunitaria, las monedas alternativas y las economías comunitarias y solidarias, la producción autogestionada por parte de los trabajadores y las cooperativas de productores, la defensa y recuperación de las tierras comunales, las tecnologías de código abierto, las comunicaciones y medios de difusión comunitarios, las ciudades en transición y los barrios ecoanarquistas, entre una larga lista. Muchos están vinculados al resurgimiento de cosmovisiones ancestrales de los pueblos originarios y otras comunidades, como el swaraj, el shohoj, el hurai, el tao y el kyosei (de Asia); el buen vivir o sumak kawsay (y sus múltiples paralelos a lo largo de Abya Yala o América Latina); el ubuntu (y sus paralelos a lo largo de África); el caring for country (de Australia); el minobimaatisiiwin (u otras cosmologías de los pueblos originarios de la isla de la Tortuga o Norteamérica), o reinterpretaciones radicales de las religiones dominantes. Por otro lado, observamos la emergencia de nuevas ideologías y conceptos desde el seno de las sociedades industrializadas, tales como el decrecimiento, el ecosocialismo, el ecofeminismo, los derechos de la naturaleza, la globalización alternativa o el software libre y abierto, entre otros.
Una de las iniciativas más inspiradoras es la de los pueblos que reivindican el poder allí donde se hallan, un poder que no es para dominar a los demás, sino para el bienestar colectivo. Estos pueblos insisten en que la democracia no consiste en celebrar elecciones y concentrar el poder en manos de políticos, burócratas y monarcas, sino en conseguir que cualquier persona de un pueblo o un barrio urbano se sienta capaz de situarse en el centro de la toma de decisiones. Esta democracia radical es diversa en sí misma: desde la noción de swaraj esgrimida por Gandhi (autogobierno de las comunidades con responsabilidad hacia las otras personas y el resto de la naturaleza) hasta la ecoanarquía marxista, pasando por la autodeterminación de los pueblos originarios. En los últimos tiempos encontramos muchos ejemplos de ello: el autogobierno adivasi (indígena) en el centro de la India, el confederalismo democrático en la Rojava kurda (Siria), las experiencias de autonomía en las comunidades zapatistas de Chiapas (México) y en muchos otros pueblos originarios de América Latina, o el autogobierno anarquista en la comuna de Copenhague llamada Christiania. Los movimientos que defienden la alimentación de proximidad, la soberanía energética y la conservación liderada por la comunidad (por ejemplo, Territorios de Vida) forman parte del mismo deseo de los colectivos de controlar su propio destino. Este fenómeno es lo que algunos llamamos ecoswaraj o democracia ecológica radical, una sociedad en la que cada persona tiene los derechos, la capacidad y los espacios para formar parte de manera significativa en la toma de decisiones, con una madurez y una sabiduría que garantizan que se lleve a cabo con responsabilidad para con todas las personas y el resto de la naturaleza.
A pesar de que guardan enormes diferencias entre ellos, los planteamientos radicales (como la democracia ecológica radical) de distintas partes del mundo presentan valores y principios comunes: respeto por la diversidad y el pluralismo, igualdad y equidad, dignidad, priorización de lo común y lo colectivo sobre el individualismo egoísta (pero sin negar las identidades ni las aspiraciones individuales), autonomía y libertad con responsabilidad, respeto por los derechos de la naturaleza humana y no humana, autosuficiencia y perspectiva local, simplicidad o nociones como «tener bastante» y suficiencia, democracia directa que permita la participación de todo el mundo, solidaridad y amor, no-violencia y paz, etcétera.
A partir de dichas dimensiones y valores, en la India ha surgido el proceso Vikalp Sangam (Confluencia de alternativas), que agrupa a unos ochenta movimientos y organizaciones que trabajan en alternativas radicales. Vikalp Sangam ha elaborado el proyecto Flower of Transformation, que señala y propone transformaciones en, por lo menos, cinco esferas de la vida:
- Sabiduría, integridad y resiliencia ecológicas, mantenimiento de los procesos ecorregenerativos que conservan los ecosistemas, las especies, las funciones y los ciclos; respeto por los límites ecológicos, desde lo local hasta lo global, y la infusión de la sabiduría ecológica y la ética en toda actividad humana, incluida la concepción de que toda la vida y todas las especies son sagradas por derecho propio.
- Bienestar y justicia sociales, con vidas plenas y satisfactorias física, social, cultural y espiritualmente; donde haya equidad entre comunidades e individuos en las atribuciones, las responsabilidades, los beneficios y los derechos socioeconómicos y políticos; donde se logre la armonía étnica y comunal; donde las jerarquías y las divisiones por razón de fe, género, casta, clase, etnicidad, capacidades y otros atributos se sustituyan por relaciones libres de explotación, de opresión, de jerarquías y de discriminación, y en las que se garanticen los derechos humanos colectivos e individuales.
- Democracia directa y delegada, donde la toma de decisiones empieza en la unidad más pequeña del grupo humano; donde cada persona tiene el derecho, la capacidad y la oportunidad de participar y se construye a partir de esa unidad hacia niveles más amplios de gobernanza mediante delegados que rinden cuentas a las unidades de democracia directa en sentido descendiente; donde la toma de decisiones no se reduce a «una persona, un voto», sino que se basa en el consenso, a la vez que se respetan y apoyan las necesidades y los derechos de aquellos que hoy en día están marginados.
- Democracia económica, donde las comunidades locales y los individuos (incluyendo los productores y los consumidores, fusionados siempre que sea posible como «prosumidores») controlen los medios de producción, distribución e intercambio y los mercados; donde la perspectiva local sea un principio clave y represente la base del comercio y el intercambio más amplios, los cuales parten del intercambio igualitario; donde la propiedad privada deje paso a las tierras y bienes comunales y se elimine la distinción entre propietario y trabajador.
- Diversidad cultural y democracia del conocimiento, donde se respete el pluralismo de los modos de vida, ideas e ideologías; donde se incentiven la creatividad y la innovación; donde la generación, transmisión y uso del conocimiento (tradicional y moderno, incluyendo ciencia y tecnología) sean accesibles para todos; donde el aprendizaje y la profundización espiritual o ética (las transformaciones interiores en cada persona que avanzan de la mano de las transformaciones sociales) sean centrales en la vida social.
La pandemia de la covid-19 nos ofrece el potencial para hacer realidad esta transformación. Los inéditos confinamientos, que supusieron la paralización de la economía mundial, han ejercido una enorme presión sobre millones de trabajadores que tuvieron que seguir ofreciendo servicios «esenciales», a menudo con bajos salarios y viéndose obligados a jugarse la salud, o que perdieron sus ingresos diarios y los trabajos vinculados a la economía sumergida. Por otro lado, comunidades y colectivos de todo el mundo han demostrado que se puede ser resiliente frente a la covid y otras crisis funcionando de forma solidaria, manteniendo o recuperando los espacios y bienes comunales y las formas de trabajar que les son propias; haciendo frente a las desigualdades internas y priorizando las necesidades básicas. Estas historias de resiliencia en la India se han reunido en varios volúmenes (en Tejido Global de Alternativas); otro contiene ejemplos del resto del mundo y se siguen recogiendo más. Lo que surge como denominador común es que dicha resiliencia se basa en un espíritu comunitario y una solidaridad continua y renovada, en los derechos colectivos o la custodia sobre las tierras y bienes comunales, la autosuficiencia local para satisfacer las necesidades básicas o la movilización de los más marginados y oprimidos contra la discriminación, entre muchos otros elementos.
En este sentido, hay que ir más allá de los marcos que plantean los Green New Deals y los objetivos de desarrollo sostenibles y avanzar hacia un pacto arcoíris (o planes de recuperación arcoíris) que abarque las transformaciones políticas, culturales, sociales, económicas y ecológicas subrayadas anteriormente. Están el verde y el azul de la revolución ecológica (nunca he entendido por qué los ecologistas solo se llaman verdes… ¿dónde quedaron el agua y los mares?); está el rojo de la revolución contra la discriminación en función de la clase y la casta; los múltiples colores de la revolución de Gandhi y las revoluciones indígenas y, por supuesto, el arcoíris de los movimientos de género y sexualidad.
¡Tenemos que unirnos!
Si bien existen innumerables iniciativas en todo el mundo que ilustran alguna de estas cinco dimensiones de la transformación, estas siguen padeciendo deficiencias graves que les impiden convertirse en una fuerza colectiva de macrocambio. Se necesita mucha más interacción, entendimiento mutuo, colaboración, análisis colectivos y acciones conjuntas entre los movimientos de resistencia y alternativos de distinta índole en las diferentes geografías o culturas. En la India, un intento de llevarlo a la práctica es el proceso Vikalp Sangam antes mencionado. Hasta el presente, y desde 2014, ha celebrado más de veinte encuentros por todo el país; ha recopilado más de 1.500 historias de alternativas en varios campos y partes de la India; ha trazado una visión en evolución de una sociedad sostenible, justa y equitativa, y ha apoyado una gran cantidad de iniciativas. Basándose en este proyecto y en procesos similares que se dan en otras partes del mundo (como Crianza Mutua en México y Colombia), en 2019 se creó Tejido Global de Alternativas (Global Tapestry of Alternatives), con objetivos parecidos de compartir, colaborar, analizar y abogar por las transformaciones locales y mundiales. Asimismo, ha recibido el apoyo de más de cincuenta movimientos y organizaciones de todo el mundo y ha iniciado un proceso de diálogo y acciones conjuntas junto a siete plataformas mundiales más, llamado Adelante.
En todos estos procesos, hay un intento explícito de situar el centro de las luchas, las perspectivas y las cosmovisiones en el Sur global, respetando al mismo tiempo que los movimientos progresistas radicales también están surgiendo en el Norte global. Este reconocimiento es importante, puesto que existe una tendencia al colonialismo, incluso cuando se trata de difundir las narrativas transformadoras. Por ejemplo, en los últimos dos años muchas veces he rechazado la propuesta de hablar sobre el «decrecimiento en la India». Se da por hecho que las cosmovisiones alternativas pueden ser situadas bajo este término general, ¡lo cual es imposible! En lugar de considerar que hay una cosmovisión dominante, tenemos que reconocer el pluriverso de alternativas y tratar de acercarlas. Del mismo modo, es crucial darse cuenta de que en nuestras prácticas de gestión y gobernanza hay que reconocer la agencia y el lugar de las generaciones futuras de humanos, así como de los millones de otras especies con las que compartimos la Tierra. Procesos como Vikalp Sangam, Tejido Global de Alternativas y Adelante tratan de crear dichos espacios de respeto mutuo y conciencia.
Tanto unas iniciativas de resistencia y alternativas como otras precisarán de toda su fuerza colectiva para resistir y contrarrestar el poderío del complejo industrial y militar y la mentalidad del «desarrollo» que nos engulle. De ello depende nada menos que el destino de la vida en la Tierra.


